Publicado en LinkedIn, 7 de abril de 2026
Ampliado: octubre de 2026
En 1842, Poe escribió El retrato oval, sobre un pintor que retrata a su mujer con tanta fidelidad que, al terminar, ella muere. La imagen perfecta había absorbido al original.
Adolfo Bioy Casares, como buen argentino, le dio la vuelta.
En La invención de Morel (1940), la máquina no mata al modelo para dar vida a la copia: el modelo muere y la copia sigue, intacta, plena, habitando la isla para siempre. Morel no inventa un archivo MP4, ni un IMAX ni, por supuesto, una realidad virtual. Inventa una presencia. Sus proyecciones tienen volumen, rutina, conversación. Ocupan el espacio. El protagonista se enamora de una, sabiendo, o sospechando, que no está.
Lo que Bioy monta como thriller fantástico es en realidad la trayectoria completa de la imagen técnica: de la fotografía al cine, del cine a la tele, de la tele a algo que todavía no tenía nombre y que Morel resuelve en una frase: «Congregados los sentidos, surge el alma».
Zuckerberg lleva fundidos miles de millones intentando llegar a lo mismo.
El metaverso fue el intento más literal y más caro de construir una máquina de Morel. Levantó la isla (ay, cómo me recuerda a Second Life), contrató ingenieros, anunció una nueva forma de estar juntos. Y las salas quedaron vacías. Esa inversión transita ahora, sin demasiado ruido y sin frenos, la pendiente de la desilusión en el ciclo de Gartner.
Y no era la primera vez. Second Life hizo el ensayo general en 2003: una isla virtual, avatares con nombre y apellido, marcas abriendo tiendas en las que nadie compraba y agencias de noticias con corresponsal dentro. Gartner tiene nombre para ese viaje, el ciclo de sobreexpectación: un pico de expectativas infladas y, después, el abismo. Second Life lo recorrió en unos pocos años. El metaverso, con mucho más dinero y mucho más ruido, ha tardado más o menos lo mismo en llegar al fondo. Cambian la resolución, los cascos y el presupuesto. La isla sigue igual de vacía.
Bioy ya intuía por qué iba a fallar. En la novela no es la tecnología lo que hace funcionar la máquina: es la decisión del protagonista de quedarse. La imagen no basta. Alguien tiene que elegir habitarla.
Llevamos más de un siglo construyendo máquinas de Morel. A ver si va a ser que el problema nunca ha sido técnico.
Imagen: cubierta de «La invención de Morel», de Adolfo Bioy Casares, en la colección Clásicos del Siglo XX de El País (2003).
