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  • El oficio oculto del guionista

    El oficio oculto del guionista

    Sobre humor, creatividad y oficio oculto. A propósito del Premio de Honor del Smile Festival 2026.

    ¿A quién no le mola que le den un premio? Tonto sería empezar con un «no creo merecerlo» que, sobre todo, dejaría en mal lugar a quien me ha elegido para recibirlo. Lo que me preocupa es la segunda parte, ese añadido de «por su trayectoria».

    Es la primera vez que me premian por eso. Y qué queréis que os diga, da cosita. Para mí lo de «trayectoria» tiene algo de cogida taurina, de Pozoblanco. Y eso, como sabéis, no acaba bien.

    Pero, como más cornás da el hambre, lo primero que hace uno es ir a mirar el palmarés de ediciones anteriores.

    Una lista imposible

    Y me encuentro con que allí conviven Álex de la Iglesia y Leticia Sabater, Paz Padilla y Paco González, King África y Eva Hache, Cantajuego y Álvaro Sobrino. Leído así, de corrido, parece un sorteo de nombres arrancados al azar de dos décadas de televisión, publicidad y fiestas patronales. Y, muy posiblemente por esa misma razón, describa el humor español con una precisión a la que no llega ningún otro palmarés.

    El humor en España no se deja sistematizar. Cuando alguien intenta explicarlo (el «humor vasco», el «humor andaluz», el «humor de La Codorniz», el «humor millennial»), aparece enseguida un contraejemplo que desmonta la categoría. La lista del Smile es honesta en ese sentido: acepta que Álex de la Iglesia y Leticia Sabater se ganan la vida haciendo más o menos lo mismo, cada uno a su manera y según caché, y que la frontera entre humor culto y humor popular existe sobre todo en las bibliografías de los ensayistas.

    Humor y creatividad. Chiste y ocurrencia

    Conviene detenerse en las dos palabras que dan nombre al festival. Humor y creatividad. Dos términos que siempre se mueven en ese punto en el que es fácil deslizarse del humor al chiste de musicasete de gasolinera y de la creatividad a la ocurrencia.

    El chiste se cuenta, se repite, se olvida. El humor queda. El chiste acaba en la carcajada, con suerte. El humor, cuando funciona, empieza en la carcajada y sigue trabajando cuando el público ya ha salido del teatro o de TikTok.

    Un chiste es una ocurrencia. Un humorista es alguien que ha construido, con disciplina, un sistema capaz de producir humor aunque hoy no tenga ocurrencias.

    La misma distancia separa la ocurrencia de la creatividad. Una ocurrencia es un relámpago, y como los relámpagos ilumina un segundo y se apaga sin dejar rastro. La creatividad, en cambio, es método, oficio y memoria. En publicidad sabemos de esto mejor que nadie, porque cada mañana nos levantamos obligados a producir ideas, independientemente de que las musas tengan un contrato fijo discontinuo.

    El oficio oculto

    Por eso la lista del Smile es honesta, muy honesta: acepta que todos nos ganamos la vida haciendo más o menos lo mismo, cada uno a su manera y según caché.

    Y ese es el hilo que nos une. Álex de la Iglesia era guionista antes que director. Eva Hache y Dani Rovira escriben sus monólogos. Paz Padilla lleva más de veinticinco años puliendo chistes. David Pareja ganó festivales como guionista. «Dos gardenias», que canta Lucrecia con tanta elegancia, la escribió Isolina Carrillo en un sofá de La Habana. «La Bomba», el gran éxito de King África, es una letra firmada por alguien, aunque el karaoke haya decidido que las canciones son propiedad de quien las canta y cuanto más borracho, mejor.

    Porque debajo de casi toda risa hay una frase. Y debajo de casi toda frase hay alguien escribiéndola a solas, en silencio.

    Este es el oficio oculto del humor. El guionista, el letrista, el copy: tres variantes del mismo trabajo, que consiste en escribir para que otro parezca natural. El cómico ensaya hasta que el chiste suena improvisado. El cantante canta la letra como si la sintiera por primera vez. El locutor recita el texto como si se le acabase de ocurrir. En los tres casos, la gracia depende de que el trabajo previo no se note. El guionista de humor es el único humorista al que le conviene que el público no sepa que existe.

    De La Codorniz a la Cigala

    La publicidad española conoce bien ese escalón de la escalera. Hubo un momento, en los años cuarenta y cincuenta, en que los grandes humoristas de La Codorniz (Mihura, Tono, Neville, Jardiel Poncela) firmaban pies de anuncio, cuñas y textos promocionales para pagar el alquiler entre una obra de teatro y la siguiente. Jardiel, que había cruzado el Atlántico para escribir doblajes en los estudios de la Fox en Hollywood, volvía a Madrid y se sentaba a redactar reclamos comerciales con la misma pluma con la que había escrito «Eloísa está debajo de un almendro». Lo hicieron con una destreza que todavía ha pervivido en nuestra publicidad: esa inclinación al absurdo amable, al juego de palabras, al guiño culto.

    Ricardo Pérez recogería ese guante demostrando que una marca puede vivir décadas sobre un estribillo bien elegido: «El que sabe, Saba», «Contamos con trigo» para Ortiz, el «ñaca, ñaca» de La Cigala. Y eso ya no es ocurrencia: es estilo y, sobre todo, método. Hay que tener mucho control del idioma, y mucha experiencia en bares de serrín y palillo, para saber qué frase va a quedarse a vivir en la cabeza del que la escucha.

    El caso del Pingüino

    Otro premiado del Smile Festival: José Luis Moro Valentín-Gamazo, «Un Pingüino en mi Ascensor», que a finales de los ochenta escribió algunas de las letras más absurdas y memorables del pop español, canciones que la gente de mi generación todavía cantamos de memoria y que, misterios de la vida, mejor recordamos cuanto más gintonics llevamos encima. Y también uno de los creativos publicitarios más premiados del país. Dos carreras que son, en realidad, la misma. Él mismo lo ha dicho: muchas veces las ideas nacen como contenido para una marca y acaban dando de qué tirar para una canción, y al revés.

    El altarcito personal

    El altarcito de cualquier copy de bien está habitado, sin excepción, por escritores de humor. Los Python, seis guionistas que, por una mezcla de necesidad y vocación, acabaron también delante de la cámara; lo que los hace únicos no es la pluma de Terry Gilliam ni la cara de John Cleese, sino el hecho de que cada sketch se discutía en una mesa hasta que quedaba en pie por sí solo, sin apoyarse en el gesto.

    Groucho Marx, el hombre que afilaba durante semanas las frases que luego parecían improvisadas en el plató, ayudado por un ejército de escritores entre los que brilla S. J. Perelman. Woody Allen, que se ganó la vida escribiendo chistes por encargo para otros cómicos (Sid Caesar, Bob Hope) antes de atreverse a subir a un escenario con sus propios textos.

    Y en España, además de los Vizcaíno, César García, Agustín Medina, los Moro… tenemos a Pantomima Full, que tan bien y tan cruelmente nos retratan, y «Poquita Fe»: Montero y Maidagán escribiendo una comedia costumbrista donde la magia no está en el chiste, sino en la mirada berlanguiana sobre dos personas que comparten cocina y no aspiraciones. Todos ellos han construido humor frente a chistes, han trabajado la creatividad frente a la ocurrencia. Y todos nos enseñan más sobre cómo hacer una buena cuña de veinte segundos que la mayoría de los manuales de publicidad.

    La cocina del que escribe

    El momento más privado de este oficio es también el más extraño. Es el del redactor solo delante del ordenador, a primera hora de la mañana o a última de la noche, tratando de imaginar cómo sonará en voz ajena aquello que acaba de teclear en silencio. Uno escribe una cuña de veinte segundos y tiene que ir leyéndola en voz alta, probando cadencias, decidiendo si aquella palabra se tropieza con la anterior, si el remate cae en el segundo diecinueve o se le adelanta al dieciocho, si lo que parece ingenioso sobre el papel aguantará dicho por un locutor a las ocho de la mañana en la radio del coche.

    El copy que escribe humor imagina, mientras teclea, no una sino veinte escenas al mismo tiempo: el conductor que enciende la radio camino de la oficina, la pareja que desayuna con la cocina de fondo, el cliente que lo oye en el altavoz de su despacho mientras contesta un correo, el adolescente que lo escucha a medias y pilla solo la última frase. En cada una de esas escenas hay que pensar qué se oye, qué no se oye, qué se entiende a la primera y qué se pierde si alguien tose en el salón.

    La página parece muda. En la cabeza del que la escribe, en cambio, está sonando todo.

    El contrato con el receptor

    Quizás por eso uno hace creatividad presuponiendo al receptor tan inteligente como uno mismo, si no más. Y siempre deja un hueco al final. Un hueco pequeño, a veces mínimo, pero deliberado. Es el sitio por donde entra el que escucha para cerrar el circuito.

    Si explicamos por si acaso, «porque la gente no entiende. Yo sí, la gente, esa gente», la gracia nace muerta. Ahí está una de las reglas más sencillas del oficio, y también una de las más incumplidas: quien no se fía del público no puede hacerle reír.

    El humor es el arte que más dignidad le concede al que escucha. Le ofrece una frase incompleta y le regala, gratis, el honor de rematarla.

    Por eso reírse es, siempre, una pequeña forma de reconocerse inteligente. Y por eso escribir humor es, siempre, una forma de confiar en que hay alguien al otro lado a la altura del juego. Cuando esa sincronía se produce a las ocho de la mañana en un coche camino del trabajo, algo muy pequeño y muy grande a la vez ocurre entre dos desconocidos.

    En Herederos de Rowan solemos decir que, para convencer a miles, les hablamos uno a uno. El humor funciona parecido. Escribirlo bien es, entre otras cosas, una forma de respetar al que lo va a escuchar.

    La misma mesa

    Por eso tiene sentido que el Smile Festival, que reparte premios al humor y a la creatividad sin complejos, tenga por bandera sentar en la misma mesa a los que salen al escenario y a los que escribimos para que otros salgan al escenario.

    Este año me han invitado a sumarme a esa lista imposible. Acepto con la alegría de quien se reconoce en ese revoltijo. Y con la gratitud de quien se gana la vida escribiendo textos y titulares para marcas de todo tipo y condición.

    Y, sobre todo, con la tranquilidad de ver que todos los premiados, incluso los de las primeras ediciones, siguen ahí, en plenas facultades y produciendo. Incluso el gran Pepe Carabias, estrenando El Jubilado sobre las tablas, aunque el año pasado tuviera que renunciar al doblaje de One Piece por no poder garantizar que vaya a vivir los próximos tres.

    A James Dean nadie le preguntó.

    Por lo que sea.

    Eso sí, voy a tomarme este premio como un reconocimiento a la Primera Temporada. Y, desde ya, os digo que la segunda viene potente.


    Si después de leer todo esto piensas «este tío podría escribirnos lo que necesitamos» o «este tío podría dar una charla a mi equipo», y quieres ser parte de esta segunda temporada, me alegro: para eso estoy.

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  • Hola Papá: cuando el copywriting cruza la línea

    Hola Papá: cuando el copywriting cruza la línea

    Publicado originalmente en Yorokobu nº 146, Primavera 2026

    La zona gris

    Todo empezó con un «hola papá» de WhatsApp que respondí como no debía. Lo que pasó después, el baneo, los likes, la rocambolesca cadena de consecuencias, ya lo conté en su momento y no voy a repetirlo. Pero la anécdota real no daba para más de un párrafo, y una de mis perversiones ocultas es leer el «qué habría sido de mi vida si» de la revista PRONTO. Así que me puse a hacer futurología: ¿qué habría pasado si después de todo aquello recibo un email con el asunto «me jodiste la vida hermano»?

    El resultado es Hola Papá, un relato de ficción que Yorokobu publicó en su número 146 de papel y que ahora reproduzco aquí. Pero antes de dejarte con Yerferson, Hamned y el príncipe nigeriano, quiero hablar de lo que hay debajo.

    Llevo años dando vueltas a la misma idea: que las técnicas del marketing legítimo y las de la estafa comparten gramática. El mismo storytelling, la misma construcción de personaje, la misma ingeniería emocional. La diferencia entre un buen copy publicitario y un email de phishing no está en la estructura, está en la intención. Y la intención, a diferencia de la estructura, no se ve.

    Es una idea incómoda para los que trabajamos en comunicación. Preferimos pensar que hay una frontera nítida entre persuadir y manipular, entre vender y engañar. Pero cualquiera que haya escrito un claim, diseñado un funnel o construido un relato de marca sabe que esa frontera es más bien una zona: ancha, difusa y con poca iluminación. Caminamos por ella todos los días. La mayoría de las veces del lado correcto. Pero el otro lado está ahí, a un paso, y usa exactamente las mismas herramientas.

    Hola Papá explora esa zona a través de la ficción. Un creativo que trolea a un estafador, se siente culpable, y acaba convertido en consultor involuntario de una granja de fraude digital. Cada decisión, por separado, tiene su justificación. Juntas, forman una pendiente. Es ficción, sí. Pero las herramientas que usa el personaje para mejorar los guiones de estafa son las mismas que uso yo cada día para escribir campañas, construir marcas y dar talleres de comunicación.

    Simon Sinek escribió Start with Why. Un gurú de YouTube lo empaquetó en un curso de 497 dólares. Un estafador en un locutorio lo compró con sus comisiones de príncipe nigeriano y lo aplicó para montar una estafa de criptomonedas. El mismo conocimiento, circulando por la cadena alimentaria del hustle, perdiendo una capa de legitimidad en cada eslabón. O ganándola, según se mire.

    Lo que sigue es el relato publicado en Yorokobu. Si trabajas en comunicación, publicidad, marketing o cualquier oficio que consista en hacer que la gente haga cosas que no tenía previsto hacer, léelo con calma. Y, a partir de ahí, tú sabrás….


    HOLA PAPÁ

    Óscar Bilbao

    Hace dos semanas me banearon de WhatsApp. Quince años, desde que la plataforma llegó a España, con el mismo número. Familia, amigos, clientes. Todo.

    Empezó con un «hola papá, se me ha roto el móvil, este es mi nuevo número». Un martes, sobre las once de la mañana. Cualquier persona normal habría ignorado el mensaje y bloqueado el número. Pero yo no soy cualquier persona.

    Yo soy creativo.

    Así que respondí: «Hola hijo, ¿estás bien? Qué susto. Oye, aprovecho para decirte que tengo un problemilla con lo de la coca. Son dos kilos y el contacto de Argelia se está poniendo nervioso».

    Lo que vino después fue un intercambio glorioso. Yo improvisando una trama digna de Narcos; él, intentando reconducir la conversación hacia una transferencia bancaria. Le hablé de la lancha, del cruce nocturno, de que mi amigo de los Balcanes estaba caliente. Captura, captura, captura. Lo subí a Instagram. Muchos likes. Comentarios partiéndose. Éxito.

    A la mañana siguiente, mi WhatsApp había muerto. «Esta cuenta ya no puede usar WhatsApp. Completamos la revisión y descubrimos que la actividad de esta cuenta no seguía las Condiciones del servicio». Porque un algoritmo leyó «cocaína» y «Argelia» y decidió que el narco era yo.

    Escribí a soporte. Me respondió un bot que me decía que solicitara revisión desde la app. La app a la que no podía acceder porque estaba baneado. Kafka se habría reído, yo me sentía un puto escarabajo.

    Tres días después, número nuevo, y lo que un optimista llamaría «vida digital recompuesta». Fin. O eso creía.

    Acompáñame en esta historia de lo que no pasó después.

    O puede que sí.


    De: yerferson_054@outlook.com Para: hola@oscarbilbao.com Asunto: Me jodiste la vida hermano


    Allí estaba, entre una oferta de Viagra genérica, una invitación a un webinar sobre blockchain para coaches, un aviso de que mi cuenta de un banco en el que nunca he tenido cuenta había sido comprometida y una chica soltera cerca de mí muy interesada en conocerme.

    Cualquier persona normal lo habría borrado.

    «Estimado señor Óscar. Mi nombre es Yerferson y le escribo desde una situación de gran dificultad personal y profesional. Hace unos días, usted y yo mantuvimos una conversación por WhatsApp en la que usted se hizo pasar por un narcotraficante con conexiones en Argelia y los Balcanes. Quiero que sepa que, como consecuencia directa de esa conversación y del contenido viral que usted publicó posteriormente, mi número de WhatsApp fue cancelado, mis conversaciones activas con tres clientes potenciales se perdieron irremediablemente y mi posición laboral se ha visto gravemente comprometida.

    Le escribo porque creo que usted, como profesional de la comunicación (he visto su perfil de LinkedIn), podría comprender mi situación y quizás ayudarme a resolverla. A cambio, puedo ofrecerle una perspectiva única sobre un sector que, estoy seguro, le resultará de gran interés profesional.

    Quedo a su disposición para ampliar esta información.

    Atentamente, Yerferson».

    Lo leí dos veces. Tres.

    Cómo presentaba su caso: daño causado, responsabilidad implícita del destinatario, oferta de valor a cambio, cierre cordial.

    Era, sin una sola coma fuera de sitio, un email canónico de príncipe nigeriano.

    Solo que no era ni príncipe, ni nigeriano. Era el tipo del mensaje de WhatsApp.

    Y parecía que yo le debía algo.

    Respondí.

    Por supuesto que respondí.

    Cualquier persona normal no lo habría hecho, lo habría marcado como spam y seguido reconstruyendo su lista de contactos en WhatsApp.

    Pero creo que ya ha quedado acreditado que no soy una persona normal.

    Y él me respondió a mí.

    Todo por email, el único canal que nos quedaba. Su WhatsApp estaba tan muerto como el mío, Instagram ni plantearlo: «Eso es Meta, hermano, está todo vigilado».

    Que el estafador profesional tuviera más conciencia de la vigilancia digital que yo, el creativo con charlas sobre reputación online, dice bastante sobre los dos.

    «Odio esta vaina, hermano. El email es para viejos. Escribo así porque me obligan. Aquí, si no cumples con el canal que te toca, ya sabes».

    «¿Qué te toca?»

    «El email. Me degradaron, pana. Después de lo tuyo, el supervisor dijo que era gilipollas, que me habías troleado y que encima se lo enseñé yo mismo como si fuera un logro. Perdí las conversaciones abiertas, tres víctimas a punto de soltar la plata. Y como no tenía comisión porque no había cerrado nada…»

    «¿Qué?»

    «Me dijeron que me iban a cortar los dedos, tres, uno por cada trato no cerrado. No en broma, hermano. Aquí eso no es broma».

    Le pregunté cuántos dedos tenía.

    «Los diez. De momento. Porque prometí que iba a mejorar los números. Pero me bajaron del WhatsApp, que era mi canal, el que yo controlaba, y me pusieron en el correo electrónico. El departamento de viudas y príncipes».

    «¿El príncipe nigeriano?»

    «Ese y sus primos. La viuda del diplomático con diecisiete millones bloqueados en un banco de Lomé. El funcionario de Naciones Unidas que necesita una cuenta europea. El abogado de Lagos que te escribe para informarte de que heredaste de un tío que no sabías que tenías. Y ahora yo, mandando esos emails, hermano. Todos los días. Cientos. Sabiendo que el 99,7% van directo a spam».

    Me quedé mirando el mensaje un rato.

    «Yerferson, ¿tú te das cuenta de que el email que me mandaste a mí es exactamente igual que los que mandas a las víctimas?»

    «¿Cómo?»

    «»Estimado señor, me encuentro en una situación de gran dificultad, necesito su ayuda, a cambio puedo ofrecerle algo valioso». Yerferson, eso es un 419 de manual».

    «¿Un qué?»

    «Un 419. El artículo 419 del código penal de Nigeria. Es como se llaman las estafas por email en todo el mundo. El príncipe, la viuda, el abogado… todo eso es un 419. ¿No tenéis un artículo parecido donde tú estás?»

    «¿Donde yo estoy de qué?»

    «De país, Yerferson. ¿De dónde eres?»

    «De por ahí, hermano».

    «¿De por ahí Centroamérica o de por ahí Colombia?»

    «De por ahí de donde hace calor y no conviene dar muchos datos. ¿Ves? Tú intentas sacarme información y yo no suelto. A eso me dedico, pana. Lo que pasa es que contigo me sale gratis».

    «Primero me haces un 419 y ahora un no comment. Eres un pro, Yerferson».

    «Jajajajajaja. Marica, tienes razón. Te hice un príncipe nigeriano y ni me di cuenta. ¿Ves? Por eso te necesito, hermano. Tú ves cosas que yo no veo».

    Debí parar ahí. Ese era el segundo momento exacto en que un adulto funcional dice «buena suerte, Yerferson», bloquea y se va a vivir su vida.

    Pero ya te he dicho que los creativos no somos adultos funcionales. Somos gente que necesita saber cómo acaba la historia. Y si la historia nos incluye, mejor todavía.

    Lo que Yerferson me contó durante los días siguientes tenía la estructura involuntaria de una novela picaresca. Un pringado con aspiraciones atrapado en una maquinaria que no controla, intentando ascender en un organigrama que funciona exactamente igual que cualquier empresa, solo que con peores prestaciones y un departamento de recursos humanos que te corta, literalmente, los recursos humanos.

    Opera desde un locutorio en algún lugar que no quiere precisar. Turno de doce horas. Comisión por éxito. Jefe ausente. Compañeros rotando cada pocas semanas porque la mayoría acaban baneados o quemados, psicológicamente, no digitalmente.

    Las granjas de SIMs. Los perfiles falsos. La jerarquía: soldados abajo, luego supervisores, luego gente que nunca ves pero que se lleva la pasta. Es, me dice sin ironía, «como cualquier empresa».

    «Solo que robáis».

    «Bueno, hermano. Ustedes venden vainas que nadie necesita y lo llaman marketing».

    Ahí me jode. Y me jode más porque la amenaza de los dedos es culpa mía. No directamente, no con las manos, pero el dominó lo tiré yo. Yo fui el gracioso. Yo fui el que jugó a ser más listo. Yo fui el del post viral y los likes. Los likes más caros de la historia de Instagram.

    Yerferson lo sabe. No me lo dice directamente, pero lo sabe. Y yo lo sé. Y ese conocimiento compartido, ese equilibrio inestable entre la culpa y la fascinación, es lo que hace que siga respondiendo a sus mensajes.

    Me explica la estructura de canales como quien presenta un deck de agencia.

    El email es el canal legacy. El más antiguo, el de menor conversión, el que nadie quiere. Tasas de apertura en caída libre, filtros antispam cada vez más agresivos, un público objetivo menguante. Es donde mandan a los que sobran, a los que la han cagado, a los que necesitan un castigo que no sea físico. Es la sucursal de provincias. El despacho sin ventana.

    «Mando doscientos emails al día, hermano. ¿Sabes cuántos abren? Cuatro. ¿Sabes cuántos responden? Si tengo suerte, uno. Y de ese uno, el 90% son viejitos que responden para insultarme o señoras que me preguntan si soy amigo del Emérito y que qué tal está, que se le ve estropeado. Es deprimente, pana».

    Luego está el WhatsApp, que es donde estaba Yerferson antes de que yo le jodiera la vida. El canal intermedio. Más conversión, más inmediatez, más personal. El «hola papá» y el «hola mamá» funcionan porque la gente responde por instinto antes de pensar. Es ingeniería social en caliente: tienes segundos para enganchar y, si el gancho funciona, la conversación fluye en tiempo real.

    «WhatsApp es otra cosa. Tú escribes, el tipo responde, tú le contestas. Es como vender en una tienda: ves la cara del cliente, ajustas el discurso, cierras. El email es como dejar folletos en los buzones y esperar. Una mierda».

    Y luego está Hamned.

    El que se ha quedado con el canal bueno: redes sociales. Facebook, Instagram, TikTok. El territorio donde la gente no solo pica, sino que quiere picar.

    Si Yerferson es el artesano del «hola papá», el pringado con aspiraciones que lee artículos sobre funnels de conversión a las tres de la mañana en un locutorio mientras el resto duerme, Hamned es el disruptor. El tipo que ha montado los perfiles de Brad Pitt enamorado en Facebook. El de las fotos robadas de militares americanos destinados en Afganistán que escriben a mujeres solas prometiéndoles un amor nacido entre el polvo y la metralla. El de las viudas de marines con pensiones de guerra y el corazón roto que solo necesita una transferencia de Western Union para poder volar a conocerte.

    Yerferson lo odia con la intensidad específica que se reserva para los compañeros de trabajo que hacen exactamente lo mismo que tú pero les va mejor.

    «Dice que el email está muerto», me cuenta con la amargura de quien ha visto a un compañero de promoción comerse el mercado. «Que hay que apostar por las redes sociales. Que el futuro es el engagement, no el open rate. Que tiene un 12% de conversión en Instagram contra mi 0,3% en correo».

    «No compares. Son canales distintos con tickets medios diferentes».

    «Da igual, pana. Los jefes solo ven el número gordo. Y el número gordo lo tiene Hamned».

    La rivalidad entre los dos es, sin exagerarlo, la misma que lleva décadas desgarrando departamentos de marketing del mundo entero: el canal tradicional contra el digital. El que dice «el email no está muerto, está infrautilizado» contra el que dice «si no estás en TikTok, no existes». Solo que aquí, en lugar de cuotas de mercado, se juegan los dedos.

    «¿Y qué hace que funcione tan bien lo de Hamned?»

    «El Brad Pitt. No te lo vas a creer, pero hay señoras que de verdad se creen que Brad Pitt les escribe por Facebook. Les manda audios generados con inteligencia artificial. Tiene una estructura de personajes: Brad Pitt buscando el amor después del divorcio, un marine destinado en Kabul que cuenta los días para volver, un médico de MSF en Sudán que necesita dinero para medicinas. Todo con fotos robadas, perfiles cuidados, meses de trabajo antes de pedir un céntimo».

    «Eso es lead nurturing».

    «Eso es Hamned. El tipo tiene un funnel de conversión más largo que el de HubSpot. Y yo aquí, mandando emails de príncipes nigerianos como si estuviéramos en 2003».

    Antes de hablar del futuro, revisamos el presente. Yerferson me manda los guiones que usan en el departamento de email y yo los destrozo. No puedo evitarlo. Es deformación profesional. Como un arquitecto que pasa por delante de un edificio mal construido: no puede no verlo.

    «Esto no funciona porque no hay urgencia. Si yo soy una viuda con diecisiete millones en Lomé, ¿por qué te escribo a ti y no a un abogado?»

    «Esto falla porque el registro es inconsistente. Empiezas como un funcionario de la ONU y terminas como un vendedor de enciclopedias».

    «Aquí pierdes al lector en la segunda línea. «Dear Sir/Madam». Yerferson, nadie que reciba un email que empieza con «Dear Sir/Madam» ha hecho nunca una transferencia bancaria voluntaria».

    Crítica literaria aplicada al delito.

    Un día me manda uno especialmente malo. El del abogado de Lagos con la herencia.

    «A ver, maestro. Mejóralo».

    Y lo hago. Por curiosidad. Por ego. Por la culpa de los dedos. Por ver si puedo.

    No cambio el fondo, solo la forma. El mismo abogado, la misma herencia, pero con un tono que suena a persona y no a plantilla. Un detalle personal, un nombre propio, una referencia geográfica que ancla la historia. Storytelling básico: quién, por qué, qué siente.

    «Joder, hermano», me escribe al día siguiente. «Tres de tres. Abrieron y respondieron las tres».

    «¿Respondieron o pagaron?»

    «Respondieron. Que ya es un milagro en email. El cierre es cosa mía».

    No hay dinero. Eso me lo repito como mantra. «Solo es un experimento». «Solo es curiosidad profesional». «Solo estoy estudiando la retórica de la persuasión en un contexto extremo». Los creativos somos geniales mintiéndonos.

    Paso de crítico a consultant.

    «Tu CTA es una basura, Yerferson. «Envíeme sus datos bancarios» no es un call to action, es una orden de un desconocido. Necesitas crear necesidad, no exigirla. La gente no da sus datos porque se lo pidas; los da porque cree que los necesitas para darle algo que quiere».

    «El personaje del abogado no se sostiene. Un abogado de Lagos no escribe con ese vocabulario. Investiga. Mira cómo escriben los abogados de verdad. Copia el tono, la estructura, los giros formales. La verosimilitud está en los detalles que no ves».

    «¿Y el asunto del email? «URGENT: Inheritance notification». Yerferson, eso grita spam a tres kilómetros. Baja el volumen. Algo personal. Algo que genere curiosidad sin activar alarmas. «Regarding your late uncle’s estate» funciona cien veces mejor que «URGENT» en mayúsculas».

    Es, literalmente, un taller de copywriting. Solo que el brief es «robar a pringados».

    Funciona. Claro que funciona. Soy bueno en lo mío.

    Esa es la verdadera tragedia de esta historia. No que existan los Yerferson. Es que los Yerferson me necesitan. Y que yo, en el fondo, necesito saber que me necesitan.

    Pero Yerferson no quiere ser el rey del email. Yerferson quiere saltar. Y una noche me llama, lo cual es raro porque solo nos escribimos.

    «Tengo una idea, hermano. Pero necesito tu cabeza. Y necesito que hablemos por otro lado».

    «¿Por otro lado?»

    «Telegram, pana. Ya no podemos seguir por email para lo que viene. Lo serio se habla por Telegram».

    Ahí noté algo que no había oído antes en su voz. Orgullo. El orgullo específico de quien se estrena en la mesa de los mayores. Para Yerferson, pasarse a Telegram no era un cambio de aplicación: era un ascenso simbólico. El email es el almacén, WhatsApp la mesa sin ventanas, pero Telegram… Telegram es la sala de la planta 25 con enormes cristaleras sobre la City, el lugar desde el que hablan los que mandan de verdad. Los que mueven las cifras grandes. Los que nunca pierden dedos porque siempre hay alguien por debajo perdiéndolos por ellos.

    Él no lo dijo así, claro. Pero la forma en que me mandó el enlace de invitación al canal, con un «bienvenido al club, hermano», lo decía todo. Yerferson se sentía, por primera vez, un profesional. Telegram era su traje nuevo, su despacho con vistas a la City, su tarjeta de visita con letras en relieve y papel color hueso. Patrick Bateman en un locutorio, sudando de emoción mientras le enseña al compañero de al lado la tipografía del enlace de invitación.

    Que el «club» fuera un chat cifrado donde se planifican estafas es un detalle que, en su cabeza, quedaba absorbido por la emoción del salto. Como esos becarios que aceptan trabajar gratis en una agencia de publicidad porque «estás en el sector». El sector. Da igual qué sector. Estar dentro es lo que importa.

    Abrí Telegram. La interfaz, limpia, cifrada, con ese aire de búnker digital que la diferencia de las otras, parecía diseñada para que te sintieras parte de algo importante. O peligroso. Que, para cierto tipo de personas, viene a ser lo mismo.

    «Ya estoy», le escribí.

    «Ahora sí, hermano. Ahora estamos hablando en serio».

    Lo decía literalmente. Y también en todos los otros sentidos.

    «Mira, hermano. Hamned tiene las redes. Yo tengo el email legacy que nadie quiere. Pero hay un territorio nuevo, algo que no es ni WhatsApp ni email ni redes sociales. Algo que está ahí, esperando, y que nadie de aquí está tocando porque son unos brutos que no leen».

    «¿Cuál?»

    «Las crypto. Pero no las crypto solas. Las crypto unidas a los gurús de la salud. El biohacking. Los zumos verdes. Los burpees a las seis de la mañana. Toda esa gente que ya está acostumbrada a pagar por vainas que no existen».

    Me quedo callado un momento. No porque sea mala idea, sino porque es buena, muy buena.

    «¿Y de dónde has sacado todo esto?»

    «He invertido en un curso de YouTube, hermano. Bueno, de YouTube y luego de Telegram. Un gurú de Miami, uno que sale con camisas blancas y un Lambo detrás, que te enseña a «crear comunidades de alto valor y monetizarlas con activos digitales». 497 dólares. Me gasté dos meses de comisiones».

    «Yerferson, ¿tú le pagaste a un tío de YouTube 497 dólares para que te enseñara a estafar mejor?»

    «No, hermano, él no dice estafar. Él dice «escalar modelos de negocio basados en la confianza y la transformación personal». Y la verdad, el curso estaba bueno. Te enseña funnels, embudos de conversión, cómo hacer un white paper, cómo montar una comunidad de pago en Telegram, lead magnets… Yo tomé apuntes y todo».

    «Pero Yerferson, ese curso… ese gurú… te está vendiendo a ti exactamente lo mismo que tú quieres venderles a otros. Tú eres su víctima. Él te ha hecho un 419 con Lambo».

    «No, hermano, porque a mí sí me ha enseñado algo. Yo he aprendido».

    «¿Qué has aprendido?»

    «Que el secreto no es el producto, es la tribu. Eso lo dice él, pero también lo dice un libro que él recomienda que se llama Start with Why. Lo busqué y todo. Mira, hermano, la gente del wellness no compra productos. Compra identidad. Compra pertenecer. Compra ser parte de una tribu que corre descalza, medita al amanecer y se mete en bañeras de hielo. Y esa gente no paga una vez: paga mensualidades. Suscripciones. Cursos, retiros, suplementos, apps. Es recurrente. Es ARR».

    «¿Sabes lo que es el ARR?»

    «Estaba en el curso, pues. Annual Recurring Revenue. Lo que mola no es el golpe único, es la suscripción. Como Netflix, pero de estafas».

    Ahí me vuelve a joder. Porque tiene razón. Parcialmente, incómodamente, irritantemente, tiene razón.

    La línea entre persuasión y manipulación, entre marketing y estafa, entre storytelling y mentira, no es una línea. Es una zona. Ancha, gris, difusa. Y los que trabajamos en comunicación caminamos por ella todos los días, solo que normalmente lo hacemos con zapas chulas y un fee que dice que todo está en orden.

    «No cuentes conmigo para eso, Yerferson».

    «No te estoy pidiendo que lo hagas. Te estoy pidiendo que me digas si funciona como concepto».

    Hay un silencio. El primero que se produce en Telegram. Que, al ser cifrado, resulta un silencio más denso. Como si la propia aplicación supiera que lo que se calla aquí no sale de aquí.

    «Funciona de puta madre. Y eso es exactamente el problema».

    Y entonces Yerferson deja de escribir.

    Un día. Dos. Una semana.

    El chat de Telegram, vacío. Ese chat cifrado que iba a ser el cuartel general de la VitalCoin, el despacho con ventana del nuevo Yerferson, el sitio donde por fin jugaba con los mayores. Vacío. El icono de «última conexión» congelado en un jueves a las 02:47.

    Intento no pensar. Mejor así. Se acabó el experimento. Se acabó la curiosidad profesional. Se acabó esa zona gris donde las herramientas que uso a diario para construir marcas, vender productos y persuadir audiencias resulta que también sirven, con ligeros ajustes, para todo lo demás.

    Hasta que ayer, sábado por la noche, me llega un email.

    No un WhatsApp. No un DM. No un mensaje de Telegram. Un email. En esa bandeja de entrada donde recibo propuestas de clientes, invitaciones a conferencias y newsletters de marketing que nunca leo.

    El asunto dice: «Regarding Yerferson».

    Lo abro.

    «Hola, Óscar. Yerferson ya no está. Pero me dejó muchas cosas antes de irse. Capturas, conversaciones, guiones corregidos con tu letra. Un chat de Telegram muy interesante donde un creativo español, con nombre, apellido y perfil de LinkedIn, planifica una estafa basada en criptomonedas y gurús de la salud. Que mejora textos de fraude. Que enseña técnicas de copywriting aplicadas al robo. Que diseña CTAs para engañar a ancianos. Imagino que pensabas que era un juego. Un experimento. Curiosidad profesional. A ver cómo te queda eso en un titular.

    Yerferson decía que eras el mejor. Necesitamos el white paper de la VitalCoin. Tú escribes, nosotros vendemos.

    Si no… bueno. Imagina lo que le pasó a Yerferson. Aunque en tu caso no serán los dedos. Serán las capturas. Todas esas capturas tan bonitas donde explicas, paso a paso, cómo mejorar un guion de estafa. Cómo construir un CTA creíble. Cómo hacer que una víctima confíe. Y el chat de Telegram, claro. Cifrado para que nadie lo lea, pero con screenshots para que todo el mundo lo vea.

    Imagina dónde pueden acabar. En X. En el muro de LinkedIn. En la bandeja de entrada de tus clientes. De las universidades donde das charlas. De los periódicos donde escribes sobre ética.

    No tienes que decidir ahora. Pero tampoco tardes mucho.

    Atentamente.»

    Solo un nombre debajo del «Atentamente». Hamned.

    Sin apellido, sin cargo. El mismo Hamned del Brad Pitt en Facebook, el del 12% de conversión, el que Yerferson odiaba con la intensidad que se reserva para los compañeros que hacen lo mismo que tú pero les va mejor.

    Ahora sabía por qué le iba mejor.

    Llevo toda la noche mirando la pantalla.

    No porque no sepa qué hacer. Sé perfectamente qué hacer. Borrar, bloquear, olvidar. Lo sé.

    Lo que no sé es cuándo crucé la línea. Si fue cuando respondí al primer «hola papá» con lo de la cocaína. Si fue cuando abrí el email de Yerferson en la carpeta de spam. Si fue cuando destrocé su primer guion. Si fue cuando mejoré el segundo. Si fue cuando abrí Telegram y sentí, durante un segundo, la misma emoción que Yerferson: la de estar en el sitio donde pasan las cosas de verdad. Si fue cuando dije «funciona de puta madre» y no añadí nada más.

    Cada una de esas decisiones, por separado, tenía su justificación perfecta. Su coartada profesional. Su «solo estaba…». Juntas, forman algo que se parece mucho a una pendiente que no recuerdas haber empezado a bajar.

    Mis dedos están bien. Los diez. Los mismos con los que escribo esto.

    Los mismos con los que escribo los claims que venden, los copys que persuaden, los guiones que emocionan, las historias que hacen que la gente haga cosas que no tenía previsto hacer.

    Que es, al fin y al cabo, a lo que nos dedicamos.

    Este relato es ficción.

    Los dedos de Yerferson, no lo sé.


    Publicado originalmente en Yorokobu nº 146, Primavera 2026.

  • LA PARADOJA DEL GHOSTWRITER

    LA PARADOJA DEL GHOSTWRITER

    Abril de 1953. Nada más hacer el amor, Luis Miguel se levanta para ‘ir a contarlo’. El torero necesitaba testigos de su hazaña. El ghostwriter vive la inversión exacta: la experiencia solo existe en la intimidad. El amor secreto que nunca figurará en tu currículo

    Abril de 1953. Ava Gardner, entonces casada con Frank Sinatra, aprovecha un receso en el rodaje de Mogambo para disfrutar de unos días de vacaciones en España y conoce a Luis Miguel Dominguín. Se inicia entonces un romance entre la actriz y el matador de toros que se prolongaría hasta finales de 1954 y que dejó una anécdota para los anales de la historia de los toreadores españoles protagonizada por el padre de Miguel Bosé.

    Nada más terminar la faena Luis Miguel se levanta de la cama y se acicala para salir, que era muy de repeinao.

    —¿A dónde vas? —pregunta Ava.

    —Pues dónde voy a ir. ¡A contarlo!

    Acabo de firmar un contrato editorial y esa historia me persigue como un fantasma (valga la redundancia, ghost).

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  • QUO VADIS: Cómo sobrevivir en el circo de las Redes Sociales

    QUO VADIS: Cómo sobrevivir en el circo de las Redes Sociales

    Manual QUO VADIS para comunicación religiosa en redes sociales
    REINSPIRA – 1er Congreso Internacional de Marketing Religioso

    Del arte sacro a Instagram: estrategias de comunicación digital para instituciones religiosas. Análisis de la Iglesia como pionera del storytelling transmedia y su adaptación digital.

    Cuando me invitaron a participar como ponente en el 1er Congreso Internacional de Marketing Religioso mi primera reacción fue de cierto reparo. Me confieso ateo y así se lo hice saber a Carlos Luna, organizador y colega. Pero Carlos es de esos que piensan que más sabe el diablo por comunicador que por diablo, y que un punto de vista de un experto y que, además, está en el otro lado, sería bien recibido.

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